Padres helicóptero, hijos sobreprotegidos

A la generación de los niños de hoy se la comienza a conocer, en los congresos de psicólogos, como ‘generación blandita’, definición que intenta comprender el exceso de mimo por parte de los padres, que crían a unos hijos sobreprotegidos, poco resolutivos y a los que nunca se responsabiliza de los errores que cometen. Muchos de estos progenitores sufren el síndrome de ‘padres helicóptero’, por sobrevolar e interferir en cada una de las actividades de los niños.

Padres helicóptero, hijos sobreprotegidos

 

Para evitar prolongar ciertos errores que, a juicio de los expertos, no ayudan a fortalecer la conducta de los niños, cabe preguntarse qué significa «educar». Para la psicóloga infanto-juvenil Marta G. Lacabex, educar es «acompañar a un niño para que desarrolle al máximo sus capacidades, de manera que llegue a ser la mejor persona que puede llegar a ser, y no la que nosotros queremos que sea».

Lacabex piensa que dejar que los niños asuman responsabilidades y resuelvan solos situaciones que revisten cierta dificultad no está reñido con intentar procurarles toda la felicidad posible. «Es más aconsejable acompañar a los hijos en las actividades que puedan realizar ellos solos, que tratar de hacerlas nosotros por ellos», asegura la psicóloga.

Jose Antonio Luengo, psicólogo experto en adolescentes, abunda en ello: “Hoy surge un término muy interesante, el de los padres ‘helicóptero’, en clara alusión a una manera de gestionar la educación de los hijos, basada en la hiperprotección. Una suerte de hiperpaternidad, que ve a los hijos como seres intocables, que, al fin, acaban teniendo más miedos que nunca. Padres que sobrevuelan sin tregua las vidas de sus hijos (de ahí lo de helicóptero), pendientes de todos sus deseos y necesidades. El mundo parece acabarse si tus hijos dudan, si aparecen frustraciones, desvelos. Si se entristecen o, un día, se enfadan con sus amigos. Involucrarse en la vida los hijos es consustancial, por supuesto, a ejercicio adecuado de la patria potestad. Otra cosa es la ofuscación por la perfección, por la necesidad, casi obsesiva, de que sean los mejores, en todo. En todo”, enfatiza.

¿Cómo te reconoces en un padre/madre helicóptero?

Este término surgió en el año 1969, cuando Haim Ginnott escribió en su libro Between Parent & Teenager: “Mi madre sobrevolaba sobre mí como si fuera un helicóptero”. Más tarde, en los años 2000, se retomó para hacer referencia a un fenómeno que se estaba extendiendo entre las familias de clase media de los países más desarrollados.

“Obviamente, esta relación padre-hijo sobrepasa los límites de lo que se considera psicológicamente saludable. De hecho, estos padres no conocen límites, ni de edad ni de estatus social: pueden llegar a recriminar a los profesores por las malas notas de sus hijos, aunque estos ya estén en la universidad, o incluso pueden acompañarles a la entrevista de trabajo y se enfadan si el entrevistador no les permite entrar durante la prueba”, explica la psicóloga Jennifer Delgado, autora del blog ‘Rincón de la Psicología’

Según Delgado, estas son algunas de las pistas que desvelan cuando nos encontramos ante un padre/madre helicóptero:

-Hablan siempre en plural, diciendo cosas como "¡cuántos deberes nos han puesto hoy!", aunque en realidad los deberes son para el niño. No se dan cuenta que de esta manera absorben la identidad del niño.

-Híperestimulan a sus hijos, llenándoles la agenda de actividades extraescolares, con el objetivo de que estén "bien preparados para la vida". Sin embargo, no se percatan de que así solo logran robarle su infancia.

-Encierran a sus hijos bajo una campana de cristal, de forma que se convierten en su voz, impidiéndoles que resuelvan sus problemas con los demás. De esta manera, los hijos jamás llegan a desarrollar las habilidades de resolución de conflictos que necesitan para mantener buenas relaciones interpersonales.

-Brindan una gratificación instantánea, complacen en todo a sus hijos, aunque tengan que hacer enormes sacrificios. Están siempre disponibles para entretener a sus hijos, de manera que estos terminan creyendo que son el centro del universo.

¿Estamos criando una generación blandita?

“Hay que trabajar en la tolerancia a la frustración y la educación del carácter, entendiendo éste como el conjunto de habilidades como la persistencia ante las dificultades, la capacidad de trabajo con otros así como la capacidad de sobreponerse ante el fracaso“ señala la psicóloga Lacabex. “Hay que fomentar la asunción de decisiones en los hijos, con sus respectivos éxitos y fracasos; transmitiéndoles los valores de la familia y la sociedad; aumentando su resiliencia ante las dificultades de la vida; familiarizándoles con el trabajo en equipo; dándoles valentía para defender con palabras y hechos las convicciones propias”, enfatiza

José Antonio Luengo reflexiona sobre cómo han cambiado los paradigmas educativos desde hace tan solo tres décadas y cuáles son las consecuencias: “Creo sinceramente que los jóvenes nacidos a partir de esa época han sido educados en una cultura de poco esfuerzo y de tenerlo todo sin merecerlo solo porque sus padres no lo tuvieron. Siempre se simplifica al realizar una afirmación categórica, pero no faltan evidencias de ello. Considerar que eres ‘mejor’ padre o madre en función de las posibilidades de acceso a lo material que tienen tus hijos, evitar sus incertidumbres y ‘facilitarles’ todo lo que tienen que vivir y experimentar han sido (y aún lo son) principios educativos torpes y, seguro, contraproducentes. Hay quien describió este fenómeno como una forma de ‘OPA amigable’ a la infancia. ‘Te compro’ con todo lo que te doy porque no tengo tiempo para estar contigo, para cuidarte, escucharte, tenerte y educarte como debería… Y como necesitarías”, afirma.

Los mejores jóvenes y adolescentes de nuestra historia

Luengo es de la opinión de que “nunca los niños han estado tan bien ‘tratados’ desde que nos reconocemos como seres humanos. Nunca el ordenamiento jurídico que ampara los derechos de la infancia y de la adolescencia ha adquirido tanto valor, rigor, seriedad, criterio y eficiencia. El secreto, si es que existe, es educar desde el equilibrio, atendiendo las necesidades de nuestros hijos con esmero. Y esto supone, ineludiblemente, entender la frustración como una experiencia imprescindible. Entender que el ‘no’ también educa, que es imprescindible el dolor, la insatisfacción, la duda, el conflicto. Que es necesario que se enfrenten al ‘no puedo’ o ‘no sé’, y saber afrontar las situaciones. Con autonomía”, concluye.

El psicólogo piensa que, a pesar de las circunstancias expuestas, “tenemos los mejores adolescentes y jóvenes de toda nuestra historia. Pero no les ayudamos con principios y criterios educativos de hiperprotección. Muy al contrario. Acondicionar su vida desde la inacabable comodidad no es el camino. Nos estamos engañando. Crecer significa afrontar, caerse, saber levantarse, ayudar a quien dobla la rodilla a tu lado; a quien lo está pasando mal. Crecer significa, también, llorar y saber secarse las lágrimas. Y seguir. Crecer significa esforzarse, y tener disciplina. Automotivarse en cada tarea, en cada momento. Estos son, querámoslo o no, principios esenciales del manual del buen padre, del buen educador. ¿Pero es que no nos damos cuenta?”, finaliza.

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¿Estamos más perdidos ahora los padres que antes?

A juicio de Jennifer Delgado, la solución es educar con mucho amor y una buena dosis de sentido común. “En cada etapa del desarrollo, las personas deben luchar sus propias batallas. Los padres no pueden proteger a sus hijos por siempre ya que, tarde o temprano, estos tendrán que enfrentarse a sus propios miedos y cometer sus propios errores”. “La tarea de los padres es guiar a los hijos y ayudarles a lidiar con los problemas, no solucionarlos en su lugar. Si asumimos todo el peso sobre nuestros hombros no estaremos criando a personas preparadas para la vida sino a verdaderos discapacitados emocionales”, piensa.

 “A pesar de todo lo que sabemos y hemos ido aprendiendo de educación, a pesar de que las condiciones de vida han mejorado notablemente respecto a épocas pretéritas (siempre en términos generales y sin obviar situaciones desfavorecidas que no deben ser pasadas por alto), educar, hoy, es un proceso muy complejo. Influyen muchos factores. Padres y madres sabemos con certeza que el mundo ha cambiado y que nuestros hijos no precisamente van a mejorar las condiciones de vida que nosotros, sus padres, hemos tenido o tenemos. Y aparecen muchas más dudas. Y la obsesión, la preocupación porque no les falte de nada, que sean los mejores, competitivos… Y pueden perderse ciertos papeles en este proceso. Las condiciones de vida han hecho, también, que tengamos menos hijos. Y se pierden cosas. Los hermanos cubrían, y cubren, una parte sustancial de la experiencia de crecer en compañía”, reflexiona Luengo.

“Cuando hablamos de los niños, no sirve lo del manual, cada niño es único e irrepetible», concluye el pediatra Isaac Contreras. “En la sociedad de consumo en la que vivimos estamos acostumbrados a que todo tiene un manual de instrucciones para ponerlo en marcha, y sus preguntas frecuentes, para cuando algo falla. Sin embargo, las fuentes habituales a las que recurrimos son la experiencia de nuestros mayores, libros, foros de internet, amigos en los parques, profesionales. Todas estas fuentes tienen diferente calado en cada familia, generando muchas dudas, mucha confusión para la crianza, que puede derivar en ansiedad en lo que es un proceso natural de la vida”.

Las recetas mágicas no existen, afirman todos los expertos. Pero poner en practica estos tres consejos puede ayudar a educar sin sobreproteger, pero siempre apoyando:

Ser como un submarino.En vez de sobrevolar la cabeza de tus hijos y estar siempre presente, es más conveniente que te conviertas en un submarino; es decir, que te mantengas fuera de su radar pero siempre atento por si realmente necesita tu ayuda.

Practicar la sana desatención.De vez en cuando no pasa nada por que no podamos prestarle la atención que quisiéramos a nuestros hijos. También tenemos una vida fuera de la familia. Es importante no caer en el error de sobrecargar su agenda de actividades y dejarles tiempo libre para que ellos mismos aprendan a gestionar las horas muertas.

Dejar que cometa sus propios errores.Solo así aprenderá. Los errores son pasos fundamentales del aprendizaje y, si son bien encauzados y gestionados, fortalecen características como la perseverancia, la autonomía y la autoconfianza. Solo si nos caemos y somos capaces de levantarnos, confiaremos en nosotros.

 

 

 

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