Menos luz solar, ¿Más problemas de salud?

Una parte significativa de la población se queja de que la reducción de luz, propia del otoño y el invierno, tiene consecuencias negativas para su estado físico y de ánimo.

Menos luz solar, ¿Más problemas de salud?

Son bien conocidos los dañinos efectos que para la salud tiene una exposición prolongada al sol, y numerosas las campañas divulgativas al respecto que, con la llegada del buen tiempo, se ponen en marcha. Sin embargo, en lo que resulta una búsqueda constante de ese bienestar total que resulta inalcanzable, la falta de horas de luz solar también puede ser problemática. Una parte significativa de la población se queja de que la reducción de luz, propia del otoño y el invierno, tiene consecuencias negativas para su estado físico y de ánimo, sin que sean tan conocidas las posibles razones y si pueden demostrarse científicamente. Cabe preguntarse, por tanto, si hay una incidencia concreta de la escasez de luz solar en el comportamiento del organismo.

Trastorno afectivo estacional

Hace ya casi 30 años, y durante alrededor de 20, expertos de la Universidad de Georgetown, en EEUU, investigaron el llamado trastorno afectivo estacional, un tipo de proceso depresivo asociado a la llegada del otoño y el invierno, con síntomas que mejoraban de manera espontánea y extraordinaria en primavera. El trabajo se centró en la secreción de melatonina, una hormona que se produce principalmente en las horas de oscuridad. Concluyeron que, si bien en las personas sanas los niveles de secreción entre las horas de luz y oscuridad variaban escasamente, en el caso de los pacientes con trastorno afectivo estacional las oscilaciones eran notables. La investigación también estableció que en el primer caso la luz artificial producía un estímulo similar al de la natural, mientras que, en el segundo, el estímulo artificial no funcionaba tan bien.

De la misma forma, estos pacientes con picos en la secreción de melatonina, tenían durante el invierno unos niveles bajos de serotonina, un neurotransmisor asociado a los estados de ánimo. Ambas sustancias, que se producen en el hipotálamo del cerebro, mantienen una estrecha relación con los ritmos circadianos, ciclos vitales asociados a la luz, la oscuridad y la temperatura. Pero además intervienen en la función mental de manera global, es decir, influyen la capacidad cognitiva.

Ideas luminosas

Curiosamente este mismo rasgo lo posee la vitamina D, que precisa de forma ineludible de la luz solar para su síntesis por parte del organismo. Y fue estudiando su incidencia en la función cognitiva que una investigación realizada hace varios años entre casi 20.000 personas, observó una mejora significativa en relación con la exposición a la luz solar. La vinculó tanto a la vitamina D como a unos correctos niveles de serotonina y melatonina, por lo que concluyó que existía una doble vía en la repercusión de la luz natural en una buena capacidad cognitiva.

Infecciones e insomnio a raya

Pero la vitamina D no sólo influye en el cerebro. Resulta indispensable para la absorción del calcio, así como para el correcto estado del sistema nervioso, muscular e inmunitario. Y es este último uno de los parece especialmente sensible a la luz solar. Recientes trabajos hablan de su papel, a través de su espectro blanco, sobre el movimiento de los leucocitos, células encargadas de combatir las infecciones del organismo. La luz sería por sí misma capaz de acelerarlo, lo que posibilitaría una respuesta más inmediata y más eficaz frente esas infecciones. Pero además otros trabajos hablan de su intervención en los procesos de sueño y la vigilia. En este caso, sugieren un potente vínculo entre las células de los ojos y la exposición moderada a luz solar, que repercutiría en una correcta conciliación del sueño por la noche. 

Parece claro que la incidencia de la luz solar va más allá de una percepción personal expansiva y optimista del mundo cuando los días son largos y claros. Existen evidencias científicas de su papel en el organismo a muy diferentes niveles, y si bien, su falta no tiene porqué traducirse en patologías, puede propiciar trastornos de diversa intensidad. Un hecho que de nuevo nos constata la profunda interrelación que existe entre el bienestar del ser humano y el medio ambiente en el que desarrolla la vida.

 

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Un déficit de vitamina D se relaciona con enfermedades autoinmunes

El fin del verano aboca a un tiempo con poco sol y, por tanto, a déficits en nuestro organismo de la fundamental vitamina D. El problema que se encuentran los médicos de familia es que, a pesar de vivir en un país eminentemente soleado, la población presenta déficits de esta vitamina a lo largo de todo el año.

Una revisión de estudios sobre el estado de esta vitamina en la población de distintas zonas geográficas observa que en España los niveles son semejantes o inferiores a los descritos para Europa central o Escandinavia.

La función principal de la llamada “vitamina del sol” consiste en facilitar la absorción del calcio y el fósforo en el intestino, de manera que su déficit puede llevar a osteoporosis en los adultos y a raquitismo en los niños, dos enfermedades que debilitan los huesos. Su función incluso puede ir más allá del mantenimiento de la salud ósea, ya que hay estudios que relacionan el déficit con enfermedades autoinmunes y con una mayor susceptibilidad a las infecciones.

Los rayos solares convierten la provitamina D (7-dehidrocolesterol) alojada en nuestra piel en vitamina D3 (colecalciferol). “Más del 80% de la vitamina D3 o colecalciferol se adquiere mediante la síntesis cutánea, por acción de los rayos ultravioleta UVB; tan solo el 20% o menos se obtiene de la dieta”, puntualiza la dra Ana Tellería, médico nutricionista. “Paradójicamente, las recomendaciones de los dermatólogos para que nos apliquemos cremas solares con un factor de protección por encima de 30 para prevenir el cáncer de piel interfieren en la síntesis de la vitamina D. Por esta razón, y porque en cuanto se acaba la playa, dejamos el aire libre en pro de gimnasios y oficinas, en los últimos años las analíticas de los pacientes presentan un déficit notable en esta vitamina, cuyo beneficio muchos estudios demuestran ir más allá de la buena salud ósea”, afirma.

Entre el colectivo médico hay unanimidad en recomendar dos acciones: tomar el sol sin protección entre cinco y diez minutos al día e ingerir suplementos si los niveles de vitamina D están por debajo de los 20 nanogramos, aunque hay especialistas que recomiendan introducirlos también si se está por debajo de 30.

Cómo obtenerla de la dieta

La EFSA recomienda que la ingesta diaria de esta vitamina sea de 15 microgramos (600 IU, unidades internacionales) al día para niños y adultos sanos, y de 10 microgramos (400 IU) para bebés entre 7 y 11 meses, independientemente de su exposición al sol. ¿Se puede obtener de la dieta? “Con la dieta, salvo que se tomen alimentos a los que se incorpora vitamina D no se llega a los niveles requeridos”, aclara la dra Tellería.

Aun así, los especialistas recomiendan incluir alimentos ricos en esta vitamina dentro de la dieta, entre ellos pescados azules, como caballa, atún y sardinas; huevo, leche, setas y crustáceos.

 

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