Hay que tomarse en serio el azúcar

Azúcar y salud_1589
Azúcar y salud_1589

Cada vez hay más estudios que relacionan la epidemia de la obesidad, en preocupante ascenso, especialmente en la población infantil, y el síndrome metabólico, con la ingesta de azúcar. Y es que el azúcar, en sus múltiples nomenclaturas, está presente en muchísimos productos de los lineales de los supermercados, bajo denominaciones que los consumidores no identifican como tal.

Hay que tomarse en serio el azúcar

Desde hace años batalla de algunos médicos, nutricionistas e investigadores, el azúcar ha invadido recientemente, además de nuestro patrón alimentario, los medios de comunicación por el hallazgo de unos documentos internos de la industria alimentaria de los años sesenta, que revelaban que la Sugar Research Foundation (SRF, actual Sugar Association) pagó a tres nutricionistas de Harvard alrededor de 50.000 dólares de hoy para que publicasen una investigación que dejase en buen lugar al azúcar y señalase a las grasas saturadas como la principal causa de las enfermedades cardiacas.

Así, la industria empezó a eliminar la grasa en sus productos. El problema es que al eliminar la grasa, los alimentos pierden su sabor. La industria sustituyó las calorías de la grasa por las del azúcar, y el consumo de ésta se multiplicó. Los huevos y el tocino, que hoy son reivindicados, dejaron paso a los cereales de desayuno, bien regados con azúcar.

El ascenso del azúcar vino acompañado de subidas similares en los casos de obesidad y diabetes. Hoy estamos pagando las consecuencias de una campaña de desprestigio de las grasas basada en información falsa e interesada.

“Si sacar a la luz este estudio financiado por intereses de la industria azucarera ha servido como espoleta para que se haga llegar a la opinión pública los graves efectos del azúcar en la salud de las personas, algo hemos adelantado”, dice la doctora Ana Tellería.

Cada vez hay más estudios que relacionan la epidemia de la obesidad, en preocupante ascenso, especialmente en la población infantil, y el síndrome metabólico, con la ingesta de azúcar. “El problema no es lo que comúnmente se entiende como azúcar, esto es, la cucharadita o sobrecito de sacarosa. Es que el azúcar, en sus múltiples nomenclaturas, está presente en muchísimos productos de los lineales de los supermercados, bajo denominaciones que los consumidores no identifican como tal”, explica. A ello hay que añadir las nuevas sustancias que se publicitan como sustitutivos del azúcar común, en este intento bienintencionado de vivir sin azúcar.

Todo esto también es azúcar

La miel, el sirope de arce o el de ágave, el jarabe de maíz, la fructosa, el jarabe de malta, la melaza o la dextrosa, están presentes en multitud de productos que se venden como libres de azúcares, para mayor confusión del consumidor.

Los jarabes, siropes, mieles y demás sustancias de nombre complaciente con las que se cree sustituir el azúcar son, en realidad, una estrategia de los productores para ocultar el principal ingrediente: precisamente aquel del que pretende huir

 

  • La miel

    La muy natural miel de abeja, es en realidad –por término medio– una solución que contiene un 82% de su peso en forma de azúcar. La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) la refiere de esta manera: “La miel ha ganado la falsa reputación de tener especial valor nutritivo. En realidad contiene únicamente azúcar, agua y trazas diminutas de otros nutrientes”.

  • Siropes y jarabes
    Lo mismo que en el caso anterior, se trata en todos los casos de soluciones (en el término químico del concepto) que, con distinto origen, contienen cantidades de azúcar más que notables. Se obtienen de los jugos de diversas plantas, frutos u órganos vegetales para posteriormente evaporar la mayor parte del agua y concentrar los azúcares presentes en esas plantas. ¿Cuánto azúcar hay en los variados jarabes y siropes? Pues mucho, tanto como para referirse a estos productos como “azúcar líquido”, expresión por la que se les conoce coloquialmente. Por ejemplo, en el sirope de arce puede haber cerca de un 70% de azúcares en peso; en el jarabe de maíz alto en fructosa el 76%; en el sirope de agave hasta un 85%...

  • Azúcar moreno, integral…
    Este tipo de azúcar es en realidad entre un 85 a 95% azúcar y ya está. El resto, hasta el 100% del peso, está constituido por agua y unas cantidades ínfimas de minerales (calcio, hierro, potasio y magnesio) y todavía menores de vitaminas.

  • La fructosa
    La fructosa es un tipo de hidrato de carbono simple (es decir, de azúcar) característico de la fruta, de la miel y de buena parte de los siropes y jarabes antes mencionados. Así, en las décadas de los 70 y 80 se propuso a la fructosa como el azúcar “de los diabéticos” ya que provoca una elevación de la glucemia mucho más sutil que cuando se utilizan otros azúcares típicos como la sacarosa (o azúcar común).
    Es decir, la fructosa era “buena” porque tenía un índice glucémico menor. Sin embargo, y a pesar de que buena parta de la industria sigue enrocada en este mensaje, hoy tenemos bastante claro que sustituir los azúcares habituales por fructosa o alimentos que la contienen en gran medida, es como saltar de la sartén para caer en las brasas.
    Ciertamente la fructosa tiene un índice glucémico significativamente menor que la sacarosa o la glucosa, pero sus implicaciones metabólicas se apuntan como devastadoras –según la evidencia científica actual– en lo que se refiere al incremento del peso, el riesgo de diabetes, el hígado graso no alcohólico y la enfermedad cardiovascular.

Dónde está camuflado

Aunque ya hay un consenso generalizado en la comunidad científica sobre las nefastas consecuencias del exceso de azúcar en la dieta, la dificultad reside en que la mayor parte del azúcar pasa desapercibida. Lo normal es pensar en el azúcar que se añade al café. El verdadero problema es esa azúcar que no se ve. Es más fácil visualizarlo pensando en esos mismos sobres de café de siete gramos.

En un bollo industrial hay el equivalente a tres sobres de azúcar. Dos cucharadas de ketchup suman otro sobre más. Una cucharada de mermelada, dos sobres de azúcar

Incluso los alimentos supuestamente saludables son golosinas disfrazadas. Un yogurt desnatado tiene tres sobres. Dos galletas integrales, un sobre más. Un vaso de zumo de naranja contiene otros tres sobres de azúcar, y da lo mismo que sea natural y recién exprimido. Cuando entra en nuestro cuerpo una molécula de azúcar, a nuestro metabolismo le da igual de dónde proceda.

Aquí es donde entran en juego las bebidas azucaradas. Un solo litro de Coca-Cola contiene nada menos que 105 gramos, o 15 sobres de azúcar. Sumando, es fácil pasar del cuarto de kilo al día, especialmente en el caso de los niños. Mientras que muchos adultos se han pasado ya a los refrescos sin calorías, se sigue manteniendo la falsa creencia de que los niños necesitan azúcar.

Una enfermedad llamada azúcar

Muchos estudios relacionan el consumo de azúcar con múltiples enfermedades. En continuo estudio, lo que sí parece claro a día de hoy es lo siguiente:

El consumo frecuente de alimentos que contienen azúcares (naturales o añadidos) aumenta el riesgo de caries dental, especialmente cuando la higiene oral y la profilaxis con flúor son insuficientes.

  • Un alto consumo de azúcares contribuye al aumento de peso, lo que según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), puede explicar en parte la epidemia de obesidad que existe en muchos países occidentales. Hay que considerar además que la obesidad se asocia a muchos otros problemas de salud, como enfermedades cardiovasculares y diabetes.
  • Un alto consumo de bebidas azucaradas ("refrescos", "bebidas energéticas", etc.) se asocia con el desarrollo de síndrome metabólico y diabetes tipo II.
  •  La EFSA afirma además que la ingesta de azúcares en cantidades importantes también podría tener otros efectos metabólicos deletéreos sobre marcadores de riesgo cardiovascular. Por ejemplo, existen ciertas evidencias que relacionan la ingesta alta de azúcares (más del 20% de la energía consumida) con el aumento de las concentraciones séricas de triglicéridos y colesterol, y que la ingesta de 20-25% de la energía consumida en forma de azúcar podría alterar la respuesta glicémica e insulinémica a la dieta, aumentando el riesgo de enfermedad metabólica.

 

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El Alzheimer

Una revisión científica llevada a cabo por patólogos de la Brown Medical School y el Rhode Island Hospital (EEUU) indica que la enfermedad de Alzhéimer es una diabetes del cerebro.

De hecho, algunos investigadores afirman que las dos enfermedades son tan similares que el Alzhéimer debería ser llamada diabetes tipo 3. Esto podría explicar por qué un 70 por ciento de las personas que sufren de diabetes tipo 2 llegan a desarrollar la enfermedad de Alzhéimer, en comparación con solo el 10 por ciento de la población no diabética que llegan a desarrollar el trastorno cerebral debilitante.

Una dieta constante de azúcar (no solo sacarosa, sino también alimentos con almidones, zumos y todo tipo de productos procesados que suben drásticamente el azúcar en sangre) puede desencadenar esta diabetes tipo 3, que deriva en Alzhéimer.

Se ha demostrado que no solo el páncreas produce la insulina; el cerebro tiene su propio suministro y necesita insulina para la supervivencia de sus células. Un bajo nivel de insulina en el cerebro está ligado a la degeneración de las células cerebrales, mientras que buenos niveles de insulina son esenciales para su supervivencia y funcionamiento.

La investigadora Suzanne de la Monte, neuropatóloga de la Universidad de Brown, considera tras la revisión científica que llevó a cabo hace unos años, que el Alzhéimer es fundamentalmente una enfermedad metabólica en la que se altera la capacidad del cerebro para utilizar la glucosa y producir energía.

Según De la Monte, el Alzhéimer tiene "prácticamente todas las características de la diabetes [mellitus] y se limita en gran medida al cerebro."

En un estudio de laboratorio con ratones vieron que las áreas del cerebro asociadas con la memoria se cuajan de fragmentos de proteínas tóxicas llamadas placas de beta-amiloide. Los ratones fueron incapaces de aprender su camino a través de un laberinto. En otros experimentos en los que se indujo la resistencia a la insulina, desarrollaron muchas de las características de la enfermedad.

Las personas con diabetes tipo 2 son significativamente más propensas a sufrir Alzhéimer. Si bien no necesariamente causa Alzhéimer, los investigadores creen que ambas enfermedades pueden compartir la misma raíz: la resistencia a la insulina, que puede ser causada en un alto porcentaje por comer demasiado azúcar y comida basura.

Cuando investigadores alimentaron a hombres y mujeres sanos con una dieta alta en grasas saturadas, cargada con hidratos refinados (pasta, pan, pastelería, etc) y con alimentos azucarados durante un mes, sus niveles de insulina aumentaron y los niveles de beta-amiloide en el líquido cefalorraquídeo se incrementaron significativamente, según un estudio de Archives of Neurology. Un grupo de control con una dieta baja en grasas saturadas y con carbohidratos saludables mostró reducciones en ambos.

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